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junio 8, 2020

Por eso me río cuando me dicen que soy pesimista (porque ellos no pueden ser felices)

No pueden, aunque crean que lo son o piensan que algún día lo serán. Arthur Schopenhauer, filósofo nacido en 1788 en lo que hoy se conoce como Gdansk, en Polonia, era una de esas personas que hoy llamarían “amargado”, calificado como “rarito” o simplemente dejado de lado en las redes sociales (si es que se hubiera abierto alguna cuenta en ellas, de existir eso a finales del siglo XIX).

 Arthur Schopenhauer nació el 22 de febrero de 1788

No tendría oportunidad alguna de destacar en TikTok, red social que muchos usan solo para ver niñas bonitas hacer lip sync de diálogos de series o películas o mirarlas bailando canciones de reguetón mientras hacen twerking; no me lo imagino haciendo selfies o tomando fotos de su comida orgánica al lado de una playa griega en Instagram; sus profundas declaraciones pesimistas serían francamente rebasadas por los memes simplones del Guarromántico en Facebook o cualquier influencer cachondo en Twitter. Su lugar, como ahora, estaría entre las personas calificadas de prepotentes, los “únicos y detergentes”, los que se quieren hacer pasar por “inteligentes y progres” (sic).

Las redes sociales son el patio de juegos efímero y veloz donde una niña caprichosa se hace millonaria dando lecciones de maquillaje mientras ese nerd insulso que no va a fiestas y que siguió virgen hasta los 32 años hace importantes divagaciones sobre el pensamiento y las libertades humanas, pero “muere ignorado”. 12,000 reproducciones en unas horas para una chica blanca de cabellos teñidos mirándose al espejo mientras que una chica llenita que habla del acoso en las escuelas no recibe más que tres likes de otras personas acosadas.

Y el mundo parece tratar de quién es feliz haciendo lo que le gusta hacer mientras todos hacen lo mismo. Esos videos mamalones que te retan a vivir, a dejar atrás tus miedos, a ser la mejor versión de ti mismo cada mañana para crecer y tener éxito; esos son meramente una tendencia más de las muchas que sirven para monetizar la atención de la gente; como todo en la auto ayuda, tú eres el negocio, el de hacerte pensar que saldrás del agujero, que destacarás y tendrás el éxito que sueñas y dejarás de ser eso que eres (y que odias).

Schopenhauer definía a la sociedad, allá en 1851, como dividida por la búsqueda de la felicidad; separada en aspectos como el ser, en la búsqueda de salud, ética, belleza y la fuerza (soy feliz porque estoy bien conmigo mismo y el mundo); el poseer, en aspectos como adquirir, lucir, aparentar o comprar (soy feliz porque puedo pagar por tener algo o porque aparentemente no me falta nada) y por último, la identidad y la opinión de nosotros, es decir el honor y la trascendencia.

Entonces, todo mundo en su búsqueda de felicidad recorre dichos aspectos, unos más que otros y eso, en las redes sociales que muchos dicen que son sólo “broma”, expresan la real frivolidad y falta de felicidad que está allí presente y flotando en el mundo.

Según los planteamientos del filósofo traducidos a estos días modernos, la gente que busca dinero, fama y entretenimiento está en realidad ocultando diversos grados de estupidez. Perdónenme, no es idea mía, así lo dice él. Y es que resulta que mientras más buscas divertirte y entretenerte es porque menos sabes qué hacer con tu tiempo libre. Quizá algunas personas piensan que han alcanzado la felicidad, su goal, cuando tienen una “linda pareja”, o una hermosa casa, algunos autos, hijos, un perro, vacaciones cada 6 meses en la playa. Con eso sienten que son felices.

No quiero ofender a nadie (dudo que muchos de los que se ofenderían lleguen hasta este punto, pues si comenzaron a leer dejaron de hacerlo dos párrafos arriba), pero eso no es la felicidad; ese estado de vida es una adquisición de complacencias y satisfacciones que nos llenan efervescentemente y luego se borran; nunca son suficientes, y lo peor es que no son seguras y en cambio son adictivas. Hasta los más grandes YouTubers e influenciadores en redes sociales están cerrando cuentas y tratando de variar sus estilos de vida, porque a pesar de la fama, los millones de seguidores, los premios y el dinero, se sienten vacíos y obsoletos; dicen que iniciaron por hacer algo que les gusta (eso que les haría felices) pero ya lo perdieron en algún punto.

Schopenhauer escribió en El Arte de Sobrevivir que son muy pocas las personas que tienen entretenimientos intelectuales, y eso lo dijo hace más de 100 años. En realidad, la felicidad es una paradoja. Aquella persona que tiene mejor identidad, más auto aceptación y, adicionalmente, posee la inteligencia para dar prioridad (por gusto y placer) al consumo de la cultura, el arte, la ciencia y el conocimiento, es también más consciente de las falacias sociales, las dolencias del mundo, las carencias de su entorno y percibe con más dolor todo ello y sus efectos. La inteligencia lleva al dolor, a la pérdida, a la negación y a la soledad.

La creación de materiales de consumo para las masas siempre dará facultades populares a cambio y, en muchos casos, satisfacciones materiales; pero la ocupación real del tiempo en el desarrollo de las habilidades intelectuales y emocionales más humanas sólo generan satisfacción personal continua y creciente, nada que pueda medirse en likes o en vistas y reproducciones.

Al final de todo, la felicidad puede ser alcanzada en algún punto, pero su costo es el dolor y el olvido. Quien muera satisfecho o viva en esa dinámica, sólo está adquiriendo una constante acumulación de ocupación. El ser humano, como reducto consciente de la suspensión del espacio tiempo muchas veces sólo se dirige a divertirse y entretenerse en lo que considera importante o productivo; pero cuando un humano encuentra placer en sí mismo, en su desarrollo interno e intelectual (lo comparta o no) entonces, a pesar del dolor, de la amargura, de la soledad y la percepción de que este mundo se está yendo a la mierda, entonces es plena y absolutamente feliz.

Por eso me río cuando me dicen que soy pesimista, pues sí lo soy; y no es que me jacte de inteligencia o comprensión del mundo, ni que en mis tiempos libres me dedique a absorber toda la cultura y conocimiento universal. Solo soy realista y no busco artificialmente parecer feliz y exitoso.

Simplemente, cuando me llaman “amargado” disfruto las argumentaciones de quienes hablan de su vida llena de placeres o califican a mi caótica vida como auto algo complaciente, una cosa insuficientemente artística, una rutina aburrida, me dicen que soy solo un esnob y que vivo “infeliz”. Me río pues yo sé lo que llevo dentro, sé de qué estoy hecho y, si Schopenhauer tenía razón, en mi amargura, en esta falta de “felicidad” (aunque sé que ese concepto no exista realmente), soy exquisita, incesante, ilimitada y noblemente feliz.

Photo por Alejandro Alvarez en Unsplash

Texto revisado y recuperado de mi cuenta de Medium.