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El efecto Dunning-Kruger “es un sesgo cognitivo según el cual, los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”. En pocas palabras, es eso que empuja a esa persona, sí, esa en la que estás pensando, a decir que está rodeado de idiotas, mientras usa un taladro para rasurarse “porque es mejor”.

Y con la pandemia actual de Covid-19, esto se ha ido a nuevas áreas que antes no se tocaban porque no eran populares. El fin de semana pasado, en España, cientos de personas se manifestaron contra el uso del cubrebocas, porque, según ellos, la enfermedad es falsa, el usar barbijos los envenena y es un método de represión para instalar redes 5G que los controlen por medio de nanochips, tecnología que existe en películas como Infinity War, Ant-man, Endgame y todas las del universo Marvel de los cómics, pero no existe en la vida real. Básicamente, la gente cree que la película de fantasía que vieron en verano del año pasado muestra lo que la tecnología actual puede hacer.

Pero, además de presumir que estas situaciones imaginarias les afectan realmente, sienten la imperiosa necesidad de salvar al mundo de las garras de los gobiernos malvados, las empresas imperialistas, los magnates todos poderosos y los medios de comunicación salvajes; que, no se pueden poner de acuerdo para un sistema económico unificado, un plan de desastres internacional o avances educativos globales, pero sí pueden gastar miles de millones y ponerse de acuerdo todos juntos; comunistas, neofascistas, musulmanes, irlandeses católicos, protestantes ingleses, imperialistas estadounidenses y dictadores africanos o latinoamericanos, para rociarnos con un virus y hacernos usar cubrebocas para que respiremos CO2.

Pero ese es solo un extremo de los propagandistas de las conspiraciones. En el otro, dotan de facultades médicas milagrosas a ciertos personajes que, teniendo una licencia médica, presumen las propiedades curativas ocultas del dióxido de cloro, diciendo que las autoridades médicas lo prohíben, típico y predecible argumento, “porque así se pueden enriquecer los laboratorios vendiendo medicinas mientras nos restan la opción de algo tan barato y fácil de conseguir” que, según estos milagreros, puede curar la Covid-19, el cáncer, la demencia senil y creo que hasta el mal de ojo y hacer que ella te ame.

Por un lado, desestiman a la ciencia y la medicina; y por el otro, la citan a su velado criterio y sesgada idea. Pero la ciencia habla a través de las personas que han estudiado a profundidad los efectos de todo lo que hasta este momento es posible explicar; no existe secundaria o escuela media superior donde se enseñe química en la que no se haya enseñado cuál es el efecto de introducir un compuesto como el dióxido de cloro en nuestro cuerpo: incluso muerte por envenenamiento.

Publicación de la UNAM, citando a Carlos Rius Alonso, académico del Departamento de Química Orgánica de la Facultad de Química, dice que “El dióxido de cloro, comercializado como solución mineral milagrosa y opción para el tratamiento de la COVID-19 y otros padecimientos, provoca efectos adversos a la salud, como cambios en la actividad eléctrica del corazón, que puede llevar a ritmos cardíacos anormales, así como baja presión arterial; insuficiencia hepática aguda, vómitos y diarreas severas”.

Y es que se ha explicado hasta el cansancio que el virus no se queda en el esófago, sino que es respirado y va directamente a los pulmones, destruyendo los alveolos. En pocas palabras, el O2Cl jamás encuentra al virus ni transfiere sus propiedades a nuestro cuerpo. Va destruyendo nuestras células mientras está activo, pero nada más.

La Agencia para Sustancias Tóxicas y Registro de enfermedades dice con claridad que el dióxido de cloro “se usa como blanqueador en las fábricas que producen papel y productos de papel y en las plantas de tratamiento de agua que producen agua potable. El dióxido de cloro también se ha usado para descontaminar edificios públicos”. Además, se menciona que es un químico altamente peligroso. La concentración máxima permitida en agua potable de 0.8 miligramos de dióxido de cloro por litro de agua (mg/L) y 1.0 mg/L del ión de clorito. Menos de una gota por litro de agua y sólo es para purificarla. Si agregas más, tan solo un poco más, comienza a ser tóxico. Respirar aire con gas de dióxido de cloro puede causar irritación de la nariz, la garganta y los pulmones, así que incluso el uso de tarjetas con este químico puede ser altamente nocivo.

¡Pero qué van a saber las instituciones médicas y las universidades! Hay otros médicos que hacen videos y dan conferencias para desenmascarar las frívolas y diabólicas intenciones de la medicina moderna para imponernos medicamentos de laboratorio y quitarnos el “beneficio” de la medicina libre; nos dicen quienes lo promueven, en clara muestra de ese efecto de inteligencia imaginaria. Sí, les estoy diciendo estúpidos, pero es que es una estupidez hacer a un lado los estudios científicos, clínicos y técnicos de laboratorio para hacerse ilusiones tan solo con la opinión (sin respaldo científico) de personas sin prestigio o deseo de protagonismo, por muy médicos que sean. ¡Es que ese sí es un negocio sencillo!

No han aprendido que la ciencia no es una fe, no depende de creer o no; es una comprobación constante de efectos observables y comprobables; no es la opinión de personas ni depende de creer en ello. ¡Ah! Y ya que estamos en eso, aquí viene lo que nos cuentan: el efecto que testigos han visto en la mejora de sus cuerpos. Pero, si son las mismas personas que juran haber visto una virgen en las manchas del escusado, si son los que creen que les irá bien solo porque su horóscopo lo tiene escrito, son personas que creen que por repetir un mantra con “convicción” harán que la realidad se transforme en lo que quieren. En este punto, puede que el efecto placebo llegue antes que la intoxicación, pero, si a esas vamos, pueden tomarse jugo de naranja y repetirse que los va a curar hasta que, sus defensas naturales, hagan lo que están diseñadas a hacer… o no, porque los efectos de este virus, el SARS CoV-2 aún se siguen estudiando y hay sistemas inmunes aparentemente saludables que no logran ganar la batalla y han muerto personas jóvenes, ejercitadas, con buenas condiciones de salud y todo por la invasión de este coronavirus.

Estas personas, “incompetentes e inconscientes de su incompetencia” se jactan de tener en sus manos la fórmula que deberíamos aplicar todos: sentirnos “felices”, salir a la calle sin cubrebocas, abrazarnos, besarnos, hacer nuestra vida como si nada e ignorar las muestras médicas y estadísticas que demuestran el poder nocivo de esta pandemia. Sus gurús lo dicen y ellos lo creen; les muestran una publicación que se vea “científica” sin serlo y con eso tienen. Un par de testimonios actuados y ya, se vuelven promotores. Se dicen científicos algunos, aunque no saben decir en qué materia; pero de que promueven que se retiren las previsiones y el uso del dióxido de cloro, de eso, no hay duda.

Estupidez humana, sin pensarlo, es eso y no hay más. Pues el que es estúpido no sabe que lo es, incluso se presume inteligente, más que los científicos, más que las universidades, más allá del conocimiento humano; ellos y sus mantras son la expresión de su dios (o algo parecido) y tienen razón solo porque lo dicen. Y sí, son peligrosos.

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Carlos González, El Samurái